Todo partió en la salida del colegio. Un grupo de apoderados, cuyos hijos eran compañeros de curso, decidió juntarse un sábado a jugar pádel para despejarse. Lo que comenzó como algo informal, entre risas y pelotas perdidas, rápidamente se volvió una tradición semanal.
Poco a poco se sumaron vecinos y amigos del barrio. El grupo creció tanto que decidieron formalizarlo. En medio de bromas sobre su nivel “no tan profesional”, alguien los bautizó como “Los Terribles del Pádel”… y el nombre quedó.
Hoy el club es más que deporte: es amistad, comunidad y familia. Siguen compitiendo, organizando partidos y sumando integrantes, pero sin perder lo que los unió desde el principio: "Pasarlo bien juntos."
